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En el corazón de Aragón, se encuentra el Pueblo Viejo de Belchite, un lugar que ha quedado como testigo mudo de los horrores de la Guerra Civil Española. Este pueblo, congelado en el tiempo, conserva las cicatrices de un conflicto devastador que desgarró España hace ya 88 años.

Cuando yo era pequeña siempre le pedía a mi abuelo que me contara historias de su vida.

Recuerdo como si fuera ayer, cómo se nublaban sus ojos azules al relatarme, entre silencios y en primera persona, algunos de los terribles acontecimientos bélicos que tuvieron lugar entre agosto y septiembre de 1937 en Belchite.

La batalla de Belchite, una de las más encarnizadas de la Guerra Civil Española, no formaba parte de la estrategia de ninguno de los dos bandos. Sin embargo, las circunstancias se torcieron de tal manera que el 24 de agosto de 1937 comenzó la ofensiva que, dos días más tarde, terminaría por cercar completamente el pueblo. El 1 de septiembre, la aviación republicana atacó sistemáticamente el casco urbano. Los días 3 y 4 de septiembre fueron testigos de terribles combates casa por casa. En la madrugada del 6 de septiembre, los últimos defensores intentaron huir. Unas trescientas personas lograron cruzar las líneas republicanas. Lamentablemente, tan solo ochenta llegaron a Zaragoza.

En doce días, hubo 5.000 víctimas.

De esos momentos memorables escuchando las historias de mi abuelo, ya han pasado más de cincuenta años. Entre tanto, esta nieta partió a recorrer mundo y mi querido abuelo se fue de este.

Treinta y tres años después, los caprichos de la Providencia me trajeron de vuelta a mi Aragón natal. Dos años más tarde, me instalé a tan solo diecinueve kilómetros de aquella «zona cero» de la que tantas calamidades bélicas aprendí de pequeña. Todavía pasarían dos años y medio sin conocer el Pueblo Viejo de Belchite. Me faltaron dosis de coraje para afrontar, entre turistas, las muchas memorias de ese lugar cargado de tantísimo sufrimiento, pero todo llega…

A principios de octubre de 2023, la fotógrafa Isabel Muñoz, junto con la Fundación Belchite Viejo y la Asociación Cultural Territorio Goya, organizaron el taller fotográfico «El baile de la Memoria». Mi intuición me susurró que esa era la ocasión que había estado esperando para adentrarme en el Pueblo Viejo a través del Arco de la Villa.

Allí nos reunimos durante tres días inolvidables, un grupo de unas veinte personas, entre fotógrafos, los equipos de Isabel Muñoz con Teresa Silva y Emilio Ferro (bailarines) y María José Andrés de la Fundación Belchite Viejo que se aseguró, con éxito, de que todo rodaba a la perfección.

Desde el preciso instante en que posé mis pies sobre el suelo empedrado del Arco de la Villa, un torrente de emociones me inundó. Sentí una mezcla de tristeza, respeto y gratitud, mientras los recuerdos de mi abuelo cobraban vida en mi corazón. Era como si pudiera ver a través de sus ojos, experimentar su miedo y su valentía, y comprender más profundamente las heridas invisibles que portaba en su interior.

A lo largo de los siglos, esta urbe milenaria logró resistir numerosas guerras. Por nombrar unas cuantas, en 1118 Alfonso I «El Batallador» conquista el entonces Belsid, echando a los grupos de origen bereber relacionados con la Dinastía de los Omeyas. Cuatro años más tarde, crea la «La Cofradía de Belchite», una orden militar cuyo objeto fue defender la zona Sur del Reino de Aragón de los musulmanes. En la primera década del siglo XIX el pueblo cayó en manos de una guarnición francesa en la Guerra de la Independencia. En el año 1838, durante la primera Guerra Carlista, el ejército de Carlos María Isidro somete a Belchite.

A principios de 1936, Belchite contaba con unos 3.800 habitantes y 1.200 edificios. La población tenía tres entradas, flanqueadas por arcos-capilla barrocos del siglo XVIII: El Arco de San Roque en la parte Norte, El Arco de la Villa y el de San Miguel del que ya sólo quedan escombros. El pueblo no estaba amurallado como tal. Eran las casas edificadas unas pegadas a las otras las que creaban este cometido defensivo, protegiendo la urbe de ataques, pestes y epidemias que, en ocasiones, diezmaron la población, como la epidemia de cólera del siglo XVI.

La desolación que la Batalla de Belchite dejó a su paso en el verano de 1936 no refleja la hermosa localidad que un día fue. El trazado es típicamente Mudéjar, con una calle principal donde estaban las casas de más solera. La casa de Dominica Fanlo, conocida como «Casa Domi», era una de ellas. La única construida en hormigón, a diferencia de las demás que eran casas de adobe. En la calle Mayor también había comercios e incluso una imponente sucursal del Banco Zaragozano. Las calles secundarias enlazaban con los edificios religiosos más importantes.

La iglesia de San Martín de Tours, cuya construcción primitiva data de finales del siglo XIV, tuvo su última reforma en el siglo XIX, cuando se levantó la fachada de estilo neoclásico. Junto a la iglesia de San Martín está el convento de San Rafael.

En la plaza del Convento de clausura de los padres agustinos se encuentra la iglesia de San Agustín.

En el extremo de la Plaza Vieja está la Torre del Reloj, perteneciente a la antigua iglesia de San Juan. Su construcción es Mudéjar de los siglos XIV-XV. Se cree que esta iglesia fue la transformación de la antigua sinagoga judía. En el siglo XVII pasó a ser de propiedad particular y fue entonces cuando se sustituyeron las campanas por un reloj. Posteriormente, la iglesia fue reconvertida en un teatro que ofreció grandes veladas de entretenimiento hasta el comienzo de la Guerra Civil. El reloj dejó de funcionar a la hora del Ángelus en algún momento de la Batalla de Belchite. Muchos fueron los esfuerzos por arreglarlo, pero el reloj, ubicado ahora en la torre de la Iglesia del Belchite Nuevo, nunca volvió a funcionar.

 

Los vestigios de El Pueblo Viejo de Belchite son un recordatorio poderoso de la fragilidad de la paz y la necesidad imperiosa de recordar nuestra historia. Cada piedra, cada callejón desierto, nos habla de vidas truncadas y sueños rotos.

Visitar el Belchite Viejo no es sólo un viaje al pasado; es un homenaje solemne a las vidas perdidas y una profunda reflexión sobre el precio de la libertad y la resiliencia del espíritu humano.

Ojalá el Pueblo Viejo de Belchite nos inspire a construir un futuro donde tales horrores no se repitan jamás.

Pueblo Viejo de Belchite, ya no te rondan zagales, ya no se oirán las jotas que cantaban nuestros padres.

~Natalio Baquero~